Después de reposar sus dolores,
el alma yace en posición fetal
bajo el recipiente intangible de la nada.
La del existencialista,
muge sin parar, pues su dolor es infinito
y el mundo se le hace distante
y las rutinas son demolidas
por los atuendos de lo mundano.
La del humano corriente, pronto se recupera:
con un concierto, de los muchos consumidos,
con una frase banal de crecimiento personal,
con una prueba de amor en frenesí
o una oración santa que lo convence
hasta de creerse dios, más que creer en un Dios.
El alma dolida,
por aquello de haber nacido,
musita preguntas en los recovecos oscuros
del humano que la porta;
reclama hasta el cansancio el porqué
de cada minuto obligado y, quizá,
para calmar su sed angustiante
sólo servirá un ladrillo de Kundera
o un fármaco de hojas con Nietzche
lapidando desde sus letras.
Las almas son diferentes,
como las huellas que a todos los dedos
hacen distintos en humanos.
Es necio aquello de las almas gemelas.
Es cierto eso de: con dolor en el alma,
pues frente a todo, humanos somos.
MARIO SALINAS
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