jueves, 20 de marzo de 2014

SIN TIEMPO

El tiempo venía raudo, veloz como siempre.

El tiempo, sumando sus segundos, sus minutos,
Robustecía las horas de la gente
Dando días a sus vidas con placeres grandes y diminutos.
Así, crecían los hijos de año en año
Arrancando algunas exclamaciones de: ¡Como pasa el tiempo!
O  ¡Aún les falta mucho!
Diciendo del adolescente que madura lento.

Seguíamos la vida en rutinas,
Con desánimos, con operas primas,
Era cumplir la existencia
Con el requerido tiempo para la vivencia.
Empero, de un momento a otro,
De manera inopinada,
Sentimos que el tiempo no corría como potro,
Es más, desapareció como si nada.
Miramos a lado y lado preocupados,
Buscándolo esperanzados.

En la huertas, en las ciudades, en los pueblos,
Hasta en el vientre de los relojes y los sueños, hurgamos,
Pero nada, el tiempo se fugó entre los vientos.


Desalentada, sin motivación, sin ansia,
La humanidad frenó su actividad por la falta del tiempo.
Ése era su aceite natural, su lubricante,
El soporte para el quehacer de sus seres.
Sin él, nada pasaba.
No había movimiento,
No había vida en los humanos normativos o cuadriculados,
Tampoco en aquellos a la creatividad dados.
Desde ese momento, todo estuvo quieto:
Los bebés, así, bebés, se quedaron.
Los mayores, no lo fueron más,
Y las juventudes en finito eterno se amaron.

Con el tiempo ausente se secó la humanidad.
Los yerros y los aciertos se refugiaron en anónimos
Y huyeron de la mano, lo bueno y la maldad.


Yo, impertérrito, sólo forcé mi ojo arriba, abajo.
Yo, quieto, no moví un músculo,
Sólo miré en derredor el desparpajo.
Así estuve y no fue por minutos, días, ni siglos.
Para nada hubo afanes de retardo,
Tampoco de asistencia a la puntualidad.

Por primera vez,
Me trasladé hacia senderos insospechados,
Sin moverme, tan solo yendo ligero entre los aires,
Sin peso, sin limitaciones, sin tiempo.
Viajé de regreso al sendero, al camino
Donde se me rezagó el tiempo,
Conocí lugares inescrutables para los humanos,
Olisqué sustancias no descubiertas y No viví, No morí:
Por la falta del tiempo.
Y, después de experiencias inefables, por fin lo hallé,
A él, al buscado, al tiempo.
Parecía, a distancia,
Agazapado en una especie de gruta.
Me quedé petrificado y a infinitos años luz,
Miré, sólo miré lo que pasaba…y
¡Eh! Mi sorpresa,  al saber a quién tenía por compañía
E insistente lo abrazaba.
El tiempo, con muecas de lamento sollozaba,
Su rostro cetrino y su temblor de aterido
Lo hacía lucir enfermo, casi moribundo,
Como un paciente de la muerte, en su regazo.


Poco a poco entendí el motivo de su ausencia.
En laberintos insepultos supe que ella, la muerte,
Lo esperó con esa paciencia que su naturaleza acusa.
Y en el hilo de su candidez, el tiempo cayó.
Seducido por sus trucos innovadores, ante ella se detuvo
Y en sus oscuros  tentáculos, atrapado quedó.

Sin ser de mí, el miedo poseso,
Mas, abismado ante el evento,
Vi fenecer al tiempo
En unos de sus últimos segundos.
No aligeré ni espabilé por miedo,
Tan solo por dentro quedé helado
Como si el hielo de la muerte me hubiere tragado,
Como si algo adentro tuviese de ese engendro.

La luna y el sol se movieron un poco.
Yo, huí como flotando,
Me creí sin fin…algo loco.

Nada volvió a la normalidad,
Si es que normal fuera la vida.
Como si a la totalidad el tiempo pusiera edad.

Finito e infinito se juntaron. Todo acabó.
El universo y sus dioses
Vinieron al funeral del tiempo
Poniendo la vaciedad en sus voces.
Hasta tronó el cabalgar del primíparo Big Bang
Acentuando sus coces.

Los humanos  quedamos atrapados en la nada,
No fuimos hermanos, no fuimos nada.
Y huyó el miedo a la existencia,
A la misma muerte, quien mantuvo asido al tiempo,
Sintiendo algo de vida desde su misma esencia.


 Y yo, fundido entre hielos y fuegos,
Me cobijé con el limbo de la nada,
Por demás, estuve vacío, sin qué preocuparme,
Sin ver nacer, sin morir,
Sin ir, sin venir, lleno de nada:
De nada hubo tiempo.  

MARIO SALINAS.








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