miércoles, 21 de junio de 2017

CONSUMISMO



La aventura humana ha buscado suplir sus necesidades para justificar su existencia en la tierra. El hombre encontró la forma de protegerse del clima, no pasar hambre y aplacar sus soledades bordando culpas en su espíritu o adorando gran variedad de dioses. Con el prístino fueron procesadas en el tiempo sus costumbres ante la dictadura de la naturaleza, defendiéndose de ella acunó en su diario vivir la adquisición de vestido, vivienda, comida y algunas distracciones fugaces. Con eso, insertó en sus códigos de supervivencia y vida propia el: “consumo”. Pero el ser humano no paró ahí, además, le agregó: el de vanidad – para ser aceptado y admirado por el colectivo-, el de fuerza y Poder –para llegar al logro, aunque no se midan los medios -; también los de: guerras, religiones, centros de información, Presidentes, comidas, marcas, lujos, esperanzas y felonías.
Los aventureros conquistaron el nuevo mundo volteando el platón del consumo. Llevaron a sus reyes, insaciables, el del oro, patrocinador de sus guerras y comprador de tartufos corazones. En el nuevo mundo, la religión dominante obligó a los indígenas a consumirla o pagar la de su origen con su sangre caliente. Después de revolcones históricos el Poder quedó en el norte y las naciones sometidas en el sur. El consumo se impuso como acicate de las grandes economías y yugo de los pueblos pauperizados de centro y Suramérica, consumidores éstos de miseria, deudas exorbitantes y presupuestos exiguos para sus necesidades infladas. En uno de estos pueblos, Colombia, se consume dolor de guerra, de paz en utopías ajenas y divagación en los solares de la esperanza. Han crecido sus niños consumiendo héroes prestados del norte y viendo el mundo cultural por el ojo de un cíclope que apenas vence la llamada globalización. Se consume la idea de que hay buenos y malos y sigue la nación colombiana “con su mismo” Estado y votantes incompetentes.


@mariosalinas61

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