La aventura humana ha buscado suplir
sus necesidades para justificar su existencia en la tierra. El hombre encontró
la forma de protegerse del clima, no pasar hambre y aplacar sus soledades
bordando culpas en su espíritu o adorando gran variedad de dioses. Con el prístino
fueron procesadas en el tiempo sus costumbres ante la dictadura de la naturaleza,
defendiéndose de ella acunó en su diario vivir la adquisición de vestido, vivienda,
comida y algunas distracciones fugaces. Con eso, insertó en sus códigos de
supervivencia y vida propia el: “consumo”. Pero el ser humano no paró ahí,
además, le agregó: el de vanidad – para ser aceptado y admirado por el
colectivo-, el de fuerza y Poder –para llegar al logro, aunque no se midan los
medios -; también los de: guerras, religiones, centros de información,
Presidentes, comidas, marcas, lujos, esperanzas y felonías.
Los aventureros conquistaron el nuevo
mundo volteando el platón del consumo. Llevaron a sus reyes, insaciables, el
del oro, patrocinador de sus guerras y comprador de tartufos corazones. En el
nuevo mundo, la religión dominante obligó a los indígenas a consumirla o pagar
la de su origen con su sangre caliente. Después de revolcones históricos el
Poder quedó en el norte y las naciones sometidas en el sur. El consumo se
impuso como acicate de las grandes economías y yugo de los pueblos pauperizados
de centro y Suramérica, consumidores éstos de miseria, deudas exorbitantes y
presupuestos exiguos para sus necesidades infladas. En uno de estos pueblos, Colombia,
se consume dolor de guerra, de paz en utopías ajenas y divagación en los
solares de la esperanza. Han crecido sus niños consumiendo héroes prestados del
norte y viendo el mundo cultural por el ojo de un cíclope que apenas vence la
llamada globalización. Se consume la idea de que hay buenos y malos y sigue la
nación colombiana “con su mismo” Estado y votantes incompetentes.
@mariosalinas61
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