La vida hay que saberla vivir. No basta cumplir las normas dictadas por la sociedad, la religiosidad, los credos, los mandatos familiares o los afines que, del “ello”, la existencia demanda. Para gozarla y ser feliz se requiere del pragmatismo que lleva al acceso de lo ofrecido a los humanos en esta bendita tierra.
La vida es como un hermoso
auto que requiere de tu destreza para manejarlo y, así disfrutarlo. Es
comparable a tener el más preciado vehículo, el más cotizado, el imparable: de
carrocería única, brillante, atractiva al ojo y despertador de un sinnúmero de
envidias; poseedor de un motor que desarrolle altas velocidades en segundos y,
a la vez, tenga las últimas tecnologías para darte un buen gusto mientras
viajas en él por el mundo; ni qué decir de sus llantas: deben ser robustas,
versátiles, de gran agarre y soporte en las más difíciles maniobras al correr caminos
difíciles o, en el caso de la vida, los momentos del caos.
A todo esto, no basta con
que el auto sea increíble. Así como es de magnífica la vida debes saberla vivir
para llevarte en recorridos gozosos, sin temores y con la confianza que
requieres para el disfrute, como la velocidad del auto ejemplar. Así es la
vida, como ese auto precioso que todo humano quisiera, comparable a ese vehículo
que te dé la satisfacción de montarlo a diario y, en el caso de la vida, saberla
vivir feliz.
Pero, como no puede faltar
ese “pero” que complementa lo que el contexto expone… para qué un auto de esas
dimensiones, el descrito con detalle, ¿si no sabes manejarlo?
En definitiva, la vida
tenemos que saberla vivir y, pocos tienen esa manera de hacerlo.
@mariosalinas.co
No hay comentarios:
Publicar un comentario