Desde su andar bípede, el ser humano primitivo se movió de un lado a otro buscando alimento, acomodándose a mejores climas o aventurando su vida en diferentes geografías. Pasó de sedentario a nómada recorriendo con sus proles los caminos de Asia, África y Europa y llevó en su mente la expectativa de encontrar lo que hoy se conoce como “el sueño de mejores oportunidades”. De su búsqueda llegó por el norte a la América incólume y de la tierra hizo su reinado con las afectaciones que esta ha sufrido debido al mal cálculo de su conquistador.
Cosa distinta no vemos en el hombre de hoy al prístino en mención. De eso y con la sociedad de consumo a bordo hace el inmigrante yendo de su tierra natal a otras con diferentes culturas y barreras idiomáticas que lo acechan. Ha sido de los últimos tiempos de posguerra lidia de los tercermundistas la de alcanzar su alimento y mejor nivel de vida las migraciones, saltando a la península Ibérica desde África, los acongojados por sistemas dictatoriales del continente negro, y los de Suramérica aportando sus cualidades laborales y capacidad de sacrificio desde sus orígenes pauperizados.
Las migraciones hacen nuevas mayorías donde se asientan y hasta incomodan con su capacidad de supervivencia a los originarios. Pululan vecindarios de terceras generaciones con sus costumbres impuestas y edificantes aportes para el país cautivador. Por esto los inmigrantes, como el primitivo hombre que no conoció las rayas fronterizas, merecen puestos de mando y de organización en el país conquistado y deben reciprocar a éste lo brindado desde sus abundancias. Las culturas se enriquecen desde las artes-literatura, pintura, cine, música-, la política-altos mandos de gobierno y sindicatos-y desde los diferentes oficios que los inmigrantes realizan moviendo las economías y robusteciendo el desarrollo hasta hacerlo sostenible.
Invaluable labor, la del inmigrante.
Mario Salinas
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