Tenemos una patria habitada por el llanto de la guerra.
Con dolor maternal se constriñe en sus fronteras
ante las afrentas de sus vecinos de hermandad nombrada.
Ha parido hijos al mundo con estigma anticipado y huella en pasaporte
dada como marca indeleble en aeropuertos y terminales del universo.
De brazos abiertos y generosidad innata,
nuestra patria aún dona sonrisas a los propios
y felicidad a los extranjeros que al conocerla
se enamoran y en ella quieren quedarse.
Ha ganado el concurso de los humanos felices
y besado la vida en detalle,
desde sus conatos de reconciliación
hasta los amigos potenciales hallados por la tecnología
e imantados por la curiosidad hacia un país
que se hace mágico al conocerlo.
Como el mundo en su historia, la patria ha tenido sus “Mesías”;
esos que han nadado más en sus egos que el amor a ella.
Rotulados en quimeras de izquierda o derecha
excusan su sed de sangre
amparados en ideologías que sucumben ante el dinero
vertido desde el oro blanco
o la frente mustia de un pueblo resignado en su ignorancia
o distraído con el circo de ocasión.
A la patria la irrespetan sus hijos,
esos que no la ven como madre, ni como patria,
que miran desdeñosos las tres franjas en su símbolo
y el cóndor palideciendo en su libertad.
Aquellos de grupos y grupitos,
cuya única valentía apunta en el arma
y a sus corazones llena la ignominia y la cobardía.
La palabra es… De la patria.
Mario Salinas.
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