Anacoreta. Ermitaño. Asceta. Dado al retiro, a la soledad de comprobar que ni el “Sol edad” tiene para alumbrar la vida que el Hacedor de hombres propuso.
Alguna vez fue la soledad manantial de sabiduría, fuente de verdad y conocimiento, vientre protector en medio del mundo voceado entre productos de consumo, y lugar sólo ocupado por el ser humano solo para encontrarse con la nada, para zurcir el anacoreta con los hilos de su propia alma los rotos que la misma humanidad le hizo con sus banalidades y quehaceres purulentos, para acariciar la intimidad de su silencio y besar la lágrima en las mejillas de la pureza.
Hoy, en nosotros, la soledad no permanece incólume, inviolada. Hoy, la invasión llega de todas partes. Por tus ojos entra con miles de imágenes dadas desde una agresiva publicidad callejera hasta los ecos del día que en la intimidad nocturna te insinúa el cerebro cuando al descanso llamas.
Así no lo quieras, alguien o el algo de alguien, te aborda con facilidad pasmosa. Lo hace un desconocido desde algún medio tecnológico o con acceso subrepticio al buzón de tu correo. Rompe el anhelado silencio una sirena que huye furtiva al amparo de su herido o un teléfono celular que cimbra cerca con la mirada atenta de su dueño. Hoy, el anacoreta llora su tristeza al ver que la amada soledad se ha extinguido sin defensores grupales, sin desertores religiosos, sin la convicción de que sólo somos universales al ser bebés, al estar descontaminados del TODO que asedia, que mutila, que enajena. Hoy, le quedaría al solo, tan sólo ser un anacoreta virtual, esto si el desconocimiento lo atropella frente al ritmo trepidante de la tecnología. Hoy, cruje el espíritu -¿libre?- al agrietarse con los pasos alienables del progreso.
Mario Salinas.
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