Gracias a la vida…que nos dio la oportunidad de escuchar su voz ida y metida entre los sueños de universitarios. Gracias a esa Mercedes Sosa que nos invitó a ser paladines cuando creíamos nuestros sueños estrangulados por el sistema que mal nos veía, así nos sintiéramos valientes, pero a la vez, ante él impotentes. Gracias a esa mujer cantora, de cuerpo y espíritu amplio, de ánimo pausado y a la vez extendido cuando de convocar las masas se tratara.
Así haya llegado al monólogo implacable de la muerte, Mercedes sigue entrañable en la generación del existencialismo ante la amenaza de esa guerra fría que nos calentó el diario vivir, del sentir juvenil contestatario, más no de la rebeldía sin causa, pues las causas de la rebeldía se daban a sí mismas. Y sosa no era la vida, aunque Mercedes le diera ése apellido a sus cantos de simpleza aparente y dulce contenido en su fondo. Eran himnos de esperanza sin fronteras, alivio al dolor de aquellos con bolsillos de icopor, denuncia al mundo desde una Latinoamérica que produce muertes al por mayor, susurros del alma que nos hacían soñar, por momentos, en igualdades y cosas románticas que hoy han desechado los protagonistas de la revolución.
Nuestro corazón quedó a merced de su expresión continental sobre una Argentina martirizada y en sus cantos el dolor se hizo al mundo como el llamado del mar llevando mensajes de poder, con su aparente paz y la fuerza venida desde adentro para ser escuchado en lo remoto hasta cimbrar las intimidades de la tierra ocupada por humanos.
Gracias a la vida de Mercedes que nos la dio tanto.
Mario Salinas.
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