Allá vienen los candidatos presidenciales con sus fardos de ilusiones para un pueblo resignado, con ofertas variopintas y un abanico de atractivos colores que imanta las debilidades de sus prosélitos ya encaminados.
Vienen los candidatos con sus risas entrenadas en falacias fornicando con la destreza de convencer al incrédulo y amamantar las debilidades de quienes venden su alma al mejor postor.
Hay candidatos paridos por el nepotismo, algunos, otros de infanta ilusión por llegar al primer mando de la nación y, en su carrera, de ágil muestra para encubrir sus escalones ya vendidos.
Los hay de discursos rancios, repetidos en la tribuna, campaña tras campaña, asidos a su maquinaria de resultados insospechados.
Allá vienen ellos con sus almas contaminadas. Desde el abrazo comprado y la futura felonía, hasta el ejercicio final para no cumplir lo prometido. De profética voz encumbrada y de profesión “mitómano”, no declarada. De catarsis en la tarima y admiradores ebrios de inconsciente colectivo…allá vienen ellos.
Sólo importa la danza de los millones recibidos en campaña para paliar el futuro partidista, si es que el triunfo no sienta al jefe en el solio presidencial. Mientras, ebrios de promesas y con el verbo a cuestas, los subalternos se untan de todo, pues el cacique no se revienta a la hora de comprometerse demasiado.
Y el de voto vendido sueña frente a su prole con lo bueno que le han de dar. Y el de contratos emparedados en dádivas anticipadas asegura su progreso con lo que puede ser y no ser; mientras pasa la vida.
Y punza el dolor del abstemio frente a su sustancia. Y el del abstencionista del voto convoca a la revuelta, vocea airado sus reclamos de cuatrienio en cuatrienio, porque “…allá vienen ellos”.
Mario Salinas.
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