El dictador mata gente al por mayor.
Si alguno no comparte su credo,
no le sirve la muerte al menudeo.
Tiene en su personalidad manías
que alimentan su megalomanía.
Viste impecable uniforme militar
y desde sus ojos, cómo a opositores eliminar.
Convence al pueblo con verborrea barata
y a la vez le esgrime el arma que mata.
“Por el bien de ustedes”, dice,
y al tiempo, el olor del oprimido maldice.
Acumula fortuna el dictador
desviando el tributo del pueblo obrero.
Birla cada esfuerzo del trabajador
y con sus cómplices guarda tesoros en el extranjero.
Los hubo en Europa, de sueño con raza pura,
comprimidos de bigote y estatura que se empina.
Los hay pedófilos, enfermos y cara dura
en gran parte de América Latina.
Existe el dictador porque a tiempo no lo enfrentan
y venden las necesidades inmediatas a sus bajezas.
Deben atacarlo en sus flaquezas,
aquellas que en sus soledades tiemblan.
Él se revuelca en su porquería
y a solas llora sus miedos de asesino.
Las víctimas lo acosan cada día
Hasta hacer de su caída un destino.
MARIO SALINAS.
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