Las arrugas están en los seres vivos
como aquello de los temas prohibidos.
Las hay en el nacimiento,
al quedar el vientre desinflado
y en el neonato sumido en llanto
exhibiendo la extraña belleza de su rostro arrugado.
Están las arrugas en el primate
con sus muecas burlescas,
también en el orate
al proclamar su elipsis de lágrimas secas.
Hay arrugas escoltando la tristeza
del adolescente con angustia inmensa.
Las inevitables al encuentro de un orgasmo,
Las de alegría con carcajada o espasmo.
Nacemos arrugados, desdentados, indefensos.
Más, caminando en el tiempo la vanidad llama al bisturí
y sin embargo, después de momentos tensos
seguimos viendo arrugas allá y aquí.
Solo, en su silla, a la espera de la muerte
el anciano comprende lo inútil de sus fugas.
Lo vano de su vida entiende
y acaricia como única riqueza: sus arrugas.
MARIO SALINAS.
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