Enero. El lunes del año,
como su transcurrir lento,
primer día de la semana sin evento.
Mes de resaca moral y añadiduras
de los trescientos sesenta y cinco días pasados.
Aún, de resúmenes necios
y comentarios atados a cifras falaces sobre lo que fue.
Mes sacado
como embrión sin edad,
del núcleo feliz
a la infamia de rutinas del hombre acicalado,
lleno de vanidad, de promesas fatuas,
lleno de la nada.
Por ser diferente,
Enero sufre la burla de sus once hermanos venideros,
pues ellos han de cargar
con menos peso en expectativas
y cambios proclamados por el humano…
Ése que nunca cambia,
así, el próximo Enero,
será igual al que bosteza
en los rincones de las fiestas que el ebrio Diciembre deja.
Enero, mes de tantas cosas y de pocas a la vez,
sumido en el oprobio
de ser el primero en todos los años
donde las promesas pesan más que los hechos
y no, como en el último, donde todo se vale porque todo acabó.
Enero, mes donde el propósito inane desplaza a la rendición
y al que su misma condición
lo hace el primer vencido con sumada maldición.
MARIO SALINAS.
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