Una población aproximada a los ocho mil millones, y la
tierra nos cobija con nuestras limitaciones humanas: individuales y colectivas.
La explosión demográfica nos tiene agobiados: -Estorbaos
los unos a los otros dijo un señor-, podría exclamar ese desapercibido del
común. Sin embargo, al número que cuenta vidas no lo afecta las perdidas durante
milenios en catástrofes naturales, pandemias, asesinatos al menudeo y al por
mayor en las cruentas guerras. Tampoco lo frena la intencionalidad de las
nuevas generaciones de hacer a las mascotas sucedáneas de los hijos. Lo que sí
preocupa de la natalidad es su falta de planeación y concentración en sectores
urbanos con sus consecuencias violentas debido a la intolerancia en la
convivencia; además, no se deben simplificar las respuestas de la naturaleza -con
catástrofes humanas- por la demanda desmesurada de los recursos telúricos.
Pero no es preocupante solo el aumento poblacional: “nacen
unos - mueren otros”. Según las disímiles teorías religiosas por cada cuerpo
que fenece se fuga su alma -no se sabe exactamente a dónde-; empero, si así es,
¿podría intuirse, en ese inefable “dónde” una exponencial explosión demográfica
de almas? Sería algo extraño de estudiar, más no preocupante, pues irían a los
etéreos confines, a algo afín al espacio sideral sin los problemas demográficos
que en la tierra tenemos. En el más allá, en lo intangible, no existen las
dimensiones que conocemos y nos limitan…allá, todo cabe. Podría verse como
ventaja que, en dicho viaje infinito, las almas no tendrían que cargar con el
histórico que acá nos obliga la existencia a cada uno, ese que llevamos a
cuestas como humanos: inconsciente y conscientemente; menos, las subyugarían
las herencias genéticas, familiares y sociales y, otras que, por su índole, al sufrimiento
humano impele.
Al día, no es reconocida “la explosión
demográfica de almas”.
@mariosalinas61
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