Desde su andar bípede sobre la tierra, el humano la ha teñido de sangre siendo ésta absorbida en su color natural como rojo vertido hacia sus entrañas. En escenarios como la cacería de animales para la supervivencia o de hombres en gloria individual u ofrendada a réprobos imperios, se ha matado la vida y derramado la esencia que la sostiene. ¡Guerra! Ha sido más verbo que sustantivo y su modo y tiempo la constante en la historia que recogemos.
Su presencia en el globo terráqueo siempre ha de tornarse tormentosa. Su compulsión y ansia de poder destructivo han dado en aciagos momentos que de minutos arrumados forjaron horas hasta ser siglos de sombra a su historia. Desde tronos concebidos como propios, ha matado por avaricia, ambición, envidia, por el amase de fortunas materiales y se dice que hasta por “amor”, a sus congéneres. Lo ha hecho invocando al “Hacedor de hombres”, quien impávido viese su nombre y creencia en vano utilizados; -así las fallas del hijo no son los defectos del padre-.
Los astros han presenciado silenciosos la ignominia y gemido ante esa trampa del terrígena de escudar su sed de sangre en la aparente aplicación de justicia practicando la tortura o eliminando al otro, o el exterminio y hasta la mal llamada “limpieza étnica” en nombre de una patria o deificación de un imperio avasallador. Y la luna muda. Y el ardiente astro blanco ha quedado encandilado por el proceder infame de ése ser llamado “humano”.
El homo ha hecho la “Guerra” desde su concepción primitiva tribal hasta la moderna asida a la tecnología para amputar piernas o cuerpos enteros y pensamientos contradictores de los “alzados en las almas” que no se conforman con sólo ser gobernados. La hace desde cuevas inhóspitas en el vientre de un desierto o desde los centros palaciegos de mando ungidos por los medios de comunicaciòn masivos como “buenos”.
Sin embargo, en algo se ha visto reivindicada la especie humana con seres talentosos que haciendo música, escritura o alguna expresión artística palian la enfermedad de los guerreros, la vesania de aquellos que matan. Esos rescatadores de la especie, con soplos de magnitudes salvadoras han encogido el alma con acogedores versos o hiperestesiado con las artes instantes pequeños hasta convertirlos en infinitos segundos de felicidad. Han arrancado con las notas de un violín o de un piano crispado por un intérprete único, las lágrimas de un acorazado egoísta o el aplauso de un dictador genocida. Ante los belicosos, han ennoblecido momentos ruines de los verdugos implacables y disculpado su estada en la tierra; empero y en innumerables ocasiones, con sus armas los dueños de la guerra han pisoteado todo sentido natural divino e injustificado esfuerzos dignos, como el rescate de un corazón latiendo en apuros o la sonrisa inocente de un efebo dador de afecto. Ellos han silenciado en fracciones la única expresión de un todo, como lo es: “LA VIDA”.
Mario Salinas.
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