Al envejecer,
Llevaré en mi piel tatuados tus besos,
En sus surcos, de tus lágrimas ahorradas,
Beberé la soledad por los años donada.
También empacaré con los recuerdos de juventud
Aquella nebulosa fugaz
Donde se apareaban nuestras alegrías,
Y desde su tenue luz,
El gozo festejando esa felicidad infinita,
Y ella, cósmica, difusa, de universo interminable,
Testigo en mudez será
Del éxtasis de dos cuerpos: danzantes en amor.
Con mis años a cuestas,
De senil: Señalado,
Doraré, la palidez de mis labios
Con el paso liviano de tu aliento
Y en mi olfato, mantendré,
La huella dulce de tu perfume
Impregnado desde tu cuello erguido,
Preparado para responder ante la vida.
A mi vejez partiré,
Con el equipaje de tus abrazos
Y las caricias y los besos de tu boca mustia
Y ése, tu sentir único,
Calmando el temblor de mi cuerpo.
Con los años avanzados,
Apretando la esperanza de mi finitud,
Asiré mi mano a tu mano,
Aunque ausente estés.
Acompasaré mis pies con los tuyos
Para desandar los pasos, en deuda, que me queden,
Y reviviré la memoria del suelo
Que por décadas labró nuestro camino.
Contigo,
A la vejez llegaré.
Y, aunque te marches primero,
Y tu cuerpo pretenda estar ausente,
Por todo y contigo,
Al fin de mis días te llevaré.
En mi vejez, como mía: Te tendré.
MARIO SALINAS
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