Cuando te marchaste,
quedó tu imagen tatuada en el aire.
Tus pómulos redondeados
en las curvaturas de esa montaña de enfrente,
tu pelo enmarañado en tu árbol preferido
y tu voz arrulladora en el nocturno silbido
al que el viento me acostumbra.
Quedó la casa solariega,
huérfana de tus pasos,
testigos los barandales de amplios corredores
cuando tus pies danzantes
pisaban silenciosos a la llegada
de tus salidas furtivas.
Aunque el frescor del campo
permanece en estas montañas aplacadas,
tu abrazo invisible me aprieta
y hasta lágrima de solitario me saca
y la mano de tu recuerdo me seca,
y tu aroma me envuelve
como si aquí estuviera
tu risa loca.
Te marchaste para siempre
sin dar la vuelta.
Quizás despedirse del jardín
era lo primero,
quizás te esperaba afuera el mundo entero.
@MARIOSALINAS61
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